Así juegan los ciegos al golf

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Después de haber tenido la fortuna de viajar por todo el mundo asistiendo a los mejores torneos de golf y de haber jugado con auténticas figuras como Jon Rahm, Sergio García o Manolo Piñero, a quien firma estas líneas le quedaban pocas experiencias por vivir en este entorno. Por eso, fue una bendición tener la posibilidad de disputar un torneo con un invidente como compañero. Las sensaciones experimentadas fueron indescriptibles.

El día previo a la celebración del Open Daikin, que reunió a un centenar de golfistas adaptados de todo el mundo en el Centro Nacional de Madrid, se celebró un curioso torneo con formato de Pro-Am. Pero, en lugar de un profesional y tres amateurs, un discapacitado ocupaba el lugar primordial del equipo. En este caso, Marc Oller se presentó muy divertido en el tee del 1, con su impecable planta de golfista y su fiel lazarillo Bernardo al lado.

A partir de ahí, todo fue deporte puro. Competitivo al máximo, iba sumando birdies a la tarjeta y con su ánimo contagiaba a los demás. «Me encanta verle en un campo de golf, porque aquí se mueve libremente y no tiene límites», comentaba su madre, una de sus más fieles seguidoras. Perdón, creo que no se ha comentado aún que Marc es invidente a raíz de una enfermedad degenerativa por la que empezó a perder la visión hace seis años. Ahora, con solo un cinco por ciento, apenas distingue luces y sombras. «Antes llevaba un bastón, pero desde hace un año tengo a mi perro y me ha cambiado la vida», reconoce.

Nació en Madrid, de familia catalana, y ha vivido en Francia, Estados Unidos e Inglaterra, «pero ya tengo acento maño de vivir en Jaca —bromea—. Como también soy esquiador paralímpico, en el Pirineo estoy en la gloria», comenta con gran pasión. Y fue precisamente ese afán de superación el que le llevó a adentrarse en el golf. Aunque había dado algunas bolas de pequeño, regresó hace bien poco al darse cuenta de que «en el esquí cada vez venían los chavales más fuertes y yo no era de los más rápidos; sin embargo en el golf soy de los jóvenes y tengo más posibilidades —reconoce con su amplia sonrisa—. A mí el golf me da la vida; es un sueño sentirme competitivo y notar que mejoro cada día».

La necesidad de un guía

Al igual que sucede en otros deportes para invidentes, como el atletismo, hay que contar con un guía que ayude en las labores de orientación. Pues, como si de un copiloto de rallies se tratara, es quien le va cantando las distancias y las peculiaridades de lo que se va encontrando por delante: los metros al hoyo, los peligros que hay al borde de la calle, las cuestas o las caídas en torno a los greens… Luego, con toda esa información y la rutina mil veces trabajada en la cancha de prácticas, ya consigue poner la bola donde la mayoría de los amateurs con los dos ojos sanos no lo hacen. «Marc es un atleta, un portento de la naturaleza —afirma María Corrales, fundadora de la Asociación Española de golf para invidentes— y tenemos que aprovechar su calidad para que esta modalidad se desarrolle en España».

El principal problema que se les presenta es que son muy pocos los practicantes (apenas cinco) y que no se ven amparados por la estructura deportiva de la ONCE, «pues consideran que no forman una masa significativa de jugadores y prefiere seguir con sus disciplinas habituales», indica Corrales. Ante esa tesitura, decidió crear su propio grupo y afiliarse a la asociación internacional IGBA. Así, desde el año pasado España está reconocida plenamente y se habla de que el año próximo va a recibir el primer torneo de ciegos patrocinado por Handa. «Es un importante mecenas y será una gran noticia estar bajo su manto. Siempre se dice que hacen falta grandes figuras para que despeguen los deportes y nosotros la tenemos con Oller. Es el Rahm de los invidentes», concluye.

Gracias al esfuerzo de Marc, Álex de Miguel y Raúl Fernández (este último medallista paralímpico en ciclismo y judo), la Federación de Golf de Madrid ha abierto una escuela especial todos los jueves. «Para nosotros es prioritario facilitarles las cosas y ayudarles a mejorar para que den ejemplo a otros que no lo conocen todavía», explica Pablo Cabanillas, el responsable.

Cuando lo hagan, seguro que no lo podrán dejar. Sentir el vuelo de la bola y el ruido que hace al embocar son una gran motivación. Aunque no se vea.

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