Biles le pone nombre a la nueva gimnasia

Tiene apenas 22 años, pero nadie duda a estas alturas de que Simone Biles va a ser la gimnasta más grande de la historia (si es que no lo es ya). Con su oro conquistado ayer en el concurso completo del Mundial de Stuttgart, suma 22 medallas en este tipo de eventos, a solo una de la leyenda de Vitaly Scherbo, el bielorruso que parecía inalcanzable y al que Biles superará con toda seguridad en los próximos días, cuando dispute las cuatro finales por aparatos que todavía le quedan en la cita alemana.

Es precisamente esa sensación de haber alcanzado la cúspide en lo deportivo lo que invita a la estadounidense a buscar una trascendencia mayor. Ganar es casi un trámite para ella, que no mira ya a sus rivales, sino a sí misma. Porque hace tiempo que Biles no lucha contra el marcador y lo hace con su propia leyenda. Añadiendo nuevos elementos de dificultad a sus rutinas para grabar su nombre en la historia de este deporte.

Quizá por eso, ayer le importó poco que sus pies abandonaran los límites tras el aterrizaje de su «Biles II» –un doble mortal con triple pirueta– durante el ejercicio de suelo con el que sellaba su enésimo oro. La penalización pesaba poco si se comparaba con su felicidad. Satisfacción total por haber realizado de nuevo ese movimiento bautizado con su nombre. El segundo que ha patentado en este Mundial de Stuttgart donde la gimnasia ha vuelto a rendirse a su figura menuda.

La estadounidense acabó tercera en asimétricas (14,733) y fue la mejor en suelo (14,400), salto (15,223) y barra de equilibrios (14,633), donde no lució esta vez su «Biles I», un movimiento extremo que ha generado polémica por su dificultad. Tanto, que la Federación Internacional decidió rebajar su puntuación para disuadir al resto de gimnastas de intentarlo. Decisión que no sentó nada bien a Biles, castigada para que las demás no se hagan daño. Aun sin su salida estrella de la barra de equilibrios, Simone dominó también ese aparato, lo que le permitió acabar primera (58,999) con una ventaja récord sobre la segunda clasificada, la china Tang Xijing (56,899), y a un mundo de la tercera, la rusa Angelina Melnikova (56,399).

Ideas locas

Simone Biles encontró en la gimnasia una vía de escape para una infancia complicada. Abandonada por sus padres, adictos a las drogas, fue adoptada por sus abuelos maternos y ellos la empujaron hacia el deporte que se ha convertido en el centro de su vida. Después de años bajo el paraguas de la entrenadora Aimee Boorman y tras superar los abusos de Larry Nassar, la americana se puso a trabajar con Laurent Landi, el técnico que ha revolucionado su carrera.

«Él es el que tiene todas esas ideas locas. Luego se encarga de que esté lista para llevarlas a cabo hasta que llega ese momento en el que pienso que no son tan locas», reconocía hace unos días la gimnasta en la NBC, que de la mano de Laurent y su mujer –Cecile Canqueteau-Landi– ha cambiado el prisma con el que ve la competición. Ellos la han empujado a buscar sus límites estableciendo una nueva dimensión. Adejar una huella más allá de los títulos, haciendo que Biles le ponga nombre a la nueva gimnasia.



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