qué ha pasado en el Nápoles de De Laurentiis

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El desconcierto ante la noticia del despido del técnico que con un 4-0 acababa de rubricar la clasificación de su equipo entre los dieciséis mejores de Europa irrumpió como un torrente al que se le abre la presa. O al menos, así lo hizo entre el aficionado que permanece ajeno a los tejemanejes por los que se rige la Società Sportiva Calcio Napoli, el juguete con el que Aurelio De Laurentiis lleva entreteniéndose desde que en 2004 se convirtiese en su máximo accionista.

El Nápoles, como se conoce al equipo en España, vio ayer marchar a quien desde hace 18 meses había sido su páter, Carlo Ancelotti. Responsable fue el italiano de dar comba a un proyecto que parecía en fase terminal después de que su predecesor en el cargo, Maurizio Sarri, corriese la misma suerte al término de la temporada 2017-2018. Por suerte para los aficionados napolitanos, de la mano del técnico nacido en sus mismas tierras el club tocó techo en lo deportivo, admirado su fútbol y aplaudida su propuesta, tan atractiva para el espectador neutral como efectiva para el hincha, el único rival por la Serie A ante una Juventus intratable.

Ese legado lo recogió Ancelotti, un viejo zorro en el arte de alargar la vida de proyectos exitosos. En su primer y único año completo al frente de la entidad del Sur de Italia, el ex de PSG o Chelsea repitió subcampeonato y mantuvo, por momentos, las señas de identidad qu habían hecho reconocible al Nápoles. Fue partícipe, además, de la revalorización de jugadores como Fabián, quien salió de España tierno y ahora es uno de los centrocampistas con mejor cartel de Europa.

La receta de Ancelotti siguió los cauces habituales en su libreto: margen para los futbolistas, entrenamientos livianos y la paz como eje conductor del discurrir de una entidad, el Nápoles, volcánica como pocas por carácter geográfico y remate de su cabecilla. Todo fluyó durante los primeros compases, con imágenes tan icónicas como aquellas en la que se ve al preparador compartir sobremesa y cartas con De Laurentiis. La calma, por contracultural que pareciera, amenazaba con romper al Nápoles.

Y en cierto modo así ha sido. No hubo refuerzos de postín en un verano que Ancelotti consideraba clave para recortar distancias con una Juventus que, lejos de conformarse con capitalizar la liga italiana, se afana en reinventarse para asaltar también Europa. La contratación de Sarri fue el último movimiento en ese sentido. Mientas tanto, San Paolo tuvo que conformarse con la llegada de Hirving Lozano, quien por más que fuese uno de los mejores jugadores de la última Eredivisie, no deja de redundar con un perfil ya cubierto por Dries Mertens. Manolas y Meret supusieron, seguramente, el mayor salto cualitativo del cuadro partenopeo.

Con todo, demasiadas figuras llevan ya demasiado tiempo habitando en la lozanía de un Nápoles sin aspiraciones claras. La reticencia de De Laurentiis a rascarse el bolsillo aplacó las motivaciones de una plantilla que comenzó a acumular malos resultados, hasta el punto de verse séptima, a 17 puntos de un Inter de Milan en el polo opuesto en cuanto a planificación deportiva.

El presidente, ajeno a las reglas por las que se rige el deporte profesional –los equipos son organismos vivos que evolucionan, a mejor y a peor–, creyó que lo que un día había funcionado debía seguir avanzando con el mismo brío. El empate con el Red Bull Salzburgo en la cuarta jornada de la fase de grupos de la Champions desató definitivamente la ira de De Laurentiis, que ordenó a la plantilla concentrarse de forma urgente en la comodidad de Castel Volturno. La negativa en pleno de los jugadores dejó a Ancelotti en una posición comprometida, a medio camino entre el deseo de contentar a su líder y mantener el compadreo con sus futbolistas, así que estimó que lo más oportuno era concentrarse. Él solo.

No solucionó nada el cinco veces campeón de Europa. A ojos de De Laurentiis, había consentido sobremanera a los jugadores, a los que apoyaba en privado mientras seguía cediendo a las presiones del gerifalte, un afamado productor de cine. Desplazado en los momentos más tensos del conflicto, envió a su hijo como empoderado. Salió escaldado del vestuario, empujones mediante, con Allan en el ojo del huracán y multas por desobediencia por doquier.

El Nápoles había saltado por los aires y a De Laurentiis le tocaba imponer su jerarquía, por encima del propio escudo como ya ha demostrado en más de una ocasión. Una vez solucionado el pase a los octavos de final tras golear al Genk con un triplete de Milik y un tanto de Mertens, el club anunció a través de sus redes sociales el despido de Ancelotti. Nueve partidos llevaba sin ganar el conjunto de la región de la Campania.

Quien llega ahora es Gennaro Gattuso, un perfil drásticamente opuesto al cesado, curiosamente la pieza discordante en aquel Milan del «árbol de Navidad» –el modo en que Ancelotti denominó al 4-3-2-1 que se inventó para dar acomodo a los Pirlo, Seedorf y compañía–. Si como jugador fue un guerrero en medio de un cónclave de orfebres, la fama que se ha granjeado en su aún breve carrera como entrenador –Sion, Palermo, Creta y Milan en apenas siete años– lo sitúa en el bando de los más regios. La medicina que De Laurentiis habrá estimado oportuna para reconducir a un vestuario, a su juicio, desmadrado. Hará falta tiempo para probar si trae consigo efectos secundarios.

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